Luis Hernández Navarro
Italia: incertidumbre del presente
Laboratorio privilegiado de la lucha política alternativa, Italia vive
hoy una intensa agitación estudiantil. Miles de jóvenes han tomado
las facultades de universidades de todo el país. El pasado martes más
de 100 mil personas asediaron el Parlamento en Roma, en una acción sin
precedente en la historia de las luchas sociales recientes. Su consigna es:
"nuestro tiempo empieza ahora".
Protestan contra una reforma educativa que rompe con los mecanismos de docencia
y reclutamiento de personal académico, que ata la investigación
y la cátedra al financiamiento privado, y que busca vincular estrechamente
la universidad a los requerimientos del mercado de trabajo. La nueva legislación
ha sido promovida por el gobierno de derecha del empresario Silvio Berlusconi,
para acabar, según se ha dicho, con la oligarquía de los barones
del conocimiento. Y es que, como en gran cantidad de instituciones de educación
superior el pensamiento de la izquierda es sumamente influyente, los conservadores
han decidido emprender una ofensiva en forma para desmantelar su presencia.
Esta reforma, sin embargo, no es novedosa, sino que es el último eslabón
de una cadena, impulsada por una legislación anterior nacida de las filas
de la administración de centro izquierda en 1998, y que, según
diversos analistas, abrió la puerta a la descalificación y parcelación
del saber, canceló el Plan de Estudios Libres e impuso un sistema de
financiamiento a los estudios disciplinarios.
La universidad está bajo ataque, dice Nicola Grigion, dirigente estudiantil
universitario de Padua ligado a los Centros Sociales. La reforma formaliza una
situación de precariedad juvenil. Los estudiantes de hoy viven la incertidumbre
no sólo del futuro, sino del presente. De triunfar la reforma -añade-,
la universidad no les daría la posibilidad de construirse un futuro,
pues estaría sujeta a la racionalidad del mercado, que hace depender
todo del dinero.
Los muchachos que protagonizan la protesta forman parte de una generación
que incursionó en la arena de la lucha social a partir de la movilización
contra la globalización neoliberal efectuadas en Génova durante
la reunión del G8 en 2001. Muchos participaron en las jornadas de lucha
contra la guerra e invasión de Irak. Este movimiento retoma muchas de
las formas de lucha puestas en práctica en aquel entonces.
Se trata, por principio de cuentas, de una fuerza autoconvocada y autorganizada,
que no delega su representación en nadie, de funcionamiento horizontal,
no promovida ni dirigida por los partidos, organizaciones políticas ni
sindicatos. Funciona sobre la base de las asambleas estudiantiles soberanas.
Para trasladarse a Roma y asistir a la manifestación tomaron trenes y
pagaron sólo un euro.
Esta intensa movilización corre paralela a los comicios electorales de
abril del año que viene. A pesar de que el conflicto estudiantil ha atravesado
los comicios, la mayoría de los partidos políticos no miran la
lucha de los jóvenes desde su especificidad, sino desde la lógica
de búsqueda de los votos.
Aunque las encuestas señalan la probabilidad de un triunfo electoral
de la coalición de centro izquierda, que acaba de nombrar al moderado
Romano Prodi como su candidato, la situación se ha vuelto más
compleja. Berlusconi acaba de cambiar la ley electoral a su favor, ha restablecido
la unidad en sus filas y superado las acusaciones en su contra. Por el contrario,
en la centro izquierda persiste un peligro real de división.
Diversos sectores del movimiento social italiano ven con mucho escepticismo
un posible triunfo electoral de la izquierda. Consideran que la posibilidad
de su victoria no significará un cambio significativo de los problemas
cruciales. No exageran. Según Massimo Cacciari, alcalde de Venecia, con
el triunfo de Prodi no habrá retirada de las tropas italianas de Irak
ni legalización del matrimonio entre las personas del mismo sexo, pues
si se defendieran esas posiciones "no sacaría ni 20 por ciento de
los votos."
Abona a esta desconfianza la experiencia vivida con el gobierno de Sergio Cofferati,
actual alcalde Bolonia, ciudad que durante décadas constituyó
un baluarte rojo, pero que durante el último quinquenio fue gobernada
por la derecha. Dirigente durante muchos años de la poderosa central
sindical CGIL, Cofferati obtuvo la postulación a la alcaldía de
su partido, el Democrático de Izquierda, al perder las elecciones internas
para encabezarlo. Su pasado sindical generó esperanzas en que haría
posible otra política más progresista. Sin embargo, bajo el eslogan
de la defensa de la legalidad ha reprimido pobres urbanos, movimientos disidentes
y expresiones genuinas de descontento social. No falta quien asocia su conducta
con una tentación estalinista.
Al margen de las elecciones -pero no contra ellas- Italia sigue siendo el teatro
en el que se despliega la acción de un vigoroso e innovador movimiento
asociativo. Esta semana se llevarán a cabo una serie de protestas en
supermercados, bloqueando sus cajas registradoras e instalando plantones de
agricultores afuera de sus locales, para exigir 50 por ciento de descuento para
alimentos básicos. Mientras tanto, los milagros de San Precario, el santo
recientemente aparecido de los que nada tienen, sigue produciéndose,
al tiempo que centenares de activistas cubren su rostro con pasamontañas
con los colores del arcoiris.
El movimiento estudiantil muestra la maduración creciente que en la sociedad
italiana ha tenido un nuevo sujeto social. Expresa, además, la crisis
de las mediaciones políticas tradicionales. Es el anuncio de que, cuando
el presente es incierto, el ahora es el tiempo de los precarios.