Miércoles 19 de julio de 2006
Los peligros de la multitud
Alejandro Nadal
La semana pasada los consejeros del Instituto Federal Electoral (IFE) se asignaron
una generosa compensación por el arduo trabajo de este año electoral.
El premio total es de 404 mil pesos, que deben sumarse al sueldo mensual neto
de 161 mil pesos para cada consejero (el salario del consejero presidente es
superior). Quizás con la ayuda de estos emolumentos los funcionarios
del IFE puedan explicarnos la manipulación del PREP y otras irregularidades
en la elecciones de 2006.
Pero lo importante no está en los sueldos astronómicos, sino en
la erosión moral y política que conllevan. Desde su nacimiento,
el IFE estuvo marcado por la absurda idea de que sus funcionarios debían
ganar sueldos muy elevados. ¿Cuál era la justificación?
La respuesta nunca fue explicitada, pero la que corría como ríos
en época de lluvia era muy clara: de esa manera los funcionarios del
IFE no serán comprados y se tendrían elecciones limpias.
En realidad, las cosas pueden funcionar exactamente al revés. Los astronómicos
sueldos de unos funcionarios pueden ser un incentivo perverso a la corrupción.
Con esos salarios, hay cola de aspirantes, dispuestos a todo, para ocupar el
cargo. Con esos premios, lo último que quiere un funcionario es perder
su puesto. Por eso no es descabellado pensar que la lógica de los astronómicos
sueldos es el mejor preámbulo de la corrupción. Para que no te
corrompas, te voy a corromper primero. Para que no te compren, primero te vendes.
La anacrónica visión de instituciones "democráticas"
cristalizadas en instrumentos del poder es el enemigo de la verdadera razón
democrática. ¿Por qué no se pudo tener un instituto electoral
realmente ciudadano sin remuneraciones monumentales? Esto revela uno de los
peligros de la concepción tecnológica de la democracia, en la
que la multitud no es nada y el momento electoral es todo.
Sin embargo, ése no es el principal peligro de la multitud. La peor corrupción
es la que liquidó la vida cívica y anuló la moral de la
cosa pública. Por eso lo que está en juego hoy es la reconstitución
republicana. Sí, por supuesto, en lo inmediato está el recuento
de votos, casilla por casilla. Pero el reclamo de la multitud trasciende con
mucho este paso inmediato.
Para entender lo anterior es importante releer las tesis de Spinoza sobre la
democracia. Se trata del pensador político más radical y brillante
en este tema. Su definición de la democracia pesa hoy más que
nunca sobre el quehacer de la multitud: Omnino absolutum imperium. La democracia
es el imperio absoluto de todos. Pero cuidado, el término "absoluto"
se refiere a lo natural y lo que es eterno, no a la entelequia ideológica
del poder absoluto.
La democracia no es una forma de gobierno, análoga en su esencia a otras
maneras posibles de organizar lo político. Es el espacio al interior
del cual cobra sentido cualquier forma de estructura política. O, en
los términos de Antonio Negri, la democracia no es una forma de gobierno,
sino la legitimación natural de todas las formas posibles de la organización
política de lo social.
La posición de Spinoza es contraria a la eficiencia de los contractualistas,
de Hobbes a Locke. También es la antítesis del proyecto de la
economía política que pretende cimentar el orden social en el
mecanismo de la mano invisible (la tradición fundada por Smith). En su
Tratado teológico-político escribe: "De los fundamentos del
Estado se sigue que su fin último no es dominar a los hombres ni sujetarlos
por el miedo y someterlos a otro, sino librarlos a todos del miedo, para que
conserven al máximo este derecho suyo natural de existir y de obrar sin
daño suyo ni ajeno. El fin del Estado no es convertir a los hombres de
seres racionales en bestias o autómatas, sino lograr más bien
que su mente y su cuerpo se desempeñen con seguridad, y que ellos se
sirvan de su razón libre y no se combatan con odios, iras o engaños,
ni se ataquen con perversas intenciones. El verdadero fin del Estado es la libertad".
Para rescatar esta visión es preciso reconocer los peligros que rodean
a la multitud. Hoy en México esos peligros están en tres niveles.
Primero, en el riesgo de la corrupción de la vida política y el
vacío del espacio público. Este peligro conduce a la distorsión
de la democracia que se reduce a una instancia ideológica (y a un instante
electoral). El segundo peligro está en el riesgo de violencia y de manipulación.
La multitud debe ser inteligente y enseñar el camino de su naturaleza
pacífica (que no pasiva). La multitud no tiene miedo, pero tampoco padece
la arrogancia del poder. Y el tercer peligro, quizás el más grave,
es perderse en la desmesura de su cantidad. Ese extravío la puede llevar
al "pragmatismo" y la razón tecnológica de que entre
más mejor. La multitud es una y no tiene que estar reunida en una plaza
para dejar sentir su potestad. Que la multitud se pierda, con eso medra la cúpula
en el poder.