Multitud y comunidad. La insurgencia social en Bolivia.
Por Álvaro García Linera
http://clajadep.lahaine.org/articulo.php?p=5635&more=1&c=1
Reformas liberales y reconstitución del tejido social
Bolivia es un pequeño país marcado por la gelatinosidad de sus
estructuras institucionales y por la marginalidad en el contexto internacional
pero donde, quizá por ello, ciertas cosas tienden a suceder de manera
anticipada a otros lugares. En los años cincuenta, vivió una insurrección
proletaria anticipándose a la irradiación del movimiento obrero
que luego se daría en varias naciones del continente. Igualmente en los
años sesenta se acercó con premura a la oleada autoritaria de
los gobiernos militares y a fines de los años setenta abrazó la
reconquista de regímenes democráticos. En 1984, cinco años
antes de la caída del muro de Berlín, vivió el derrumbe
del horizonte izquierdista forjado en los cuarenta años anteriores a
través del fracaso de una coalición que llevó al país
a una bancarrota histórica. A fines de la década de los ochenta,
mientras otras naciones buscaban experimentar con gobiernos populistas una salida
alternativa al estatismo y al neoliberalismo acechante, Bolivia se sumergió
en un radical proceso de neoliberalización económica y cultural
que llevó a toda una generación de furibundos radicales de izquierda
a convertirse en furibundos radicales del libre mercado, la "gobernabilidad
pactada" y la privatización.
En quince años, estas políticas produjeron grandes cambios sociales.
No sólo se entregó a las empresas transnacionales el control de
35% del PIB, dejando al estado en un papel de mendigo internacional y de policía
local encargado de disciplinar a las clases peligrosas, sino que, además,
se modificaron los patrones del desarrollo económico. El estado productor
dio paso al capital extranjero como locomotora económica, en tanto que
los capitalistas locales retrocedieron al papel de socios menores, intermediarios
o raquíticos inversionistas de áreas subalternas de la actividad
comercial y productiva.
Esto ha llevado a conformar un sistema productivo "dualizado"[1] entre
un puñado de medianas empresas con capital extranjero, tecnología
de punta, vínculos con el mercado mundial, en medio de un mar de pequeñas
empresas, talleres familiares y unidades domésticas articuladas bajo
múltiples formas de contrato y trabajo precario a estos escasos pero
densos núcleos empresariales. En estas infinitas y diminutas actividades
productivas y comerciales, las relaciones laborales son precarias, los contratos
temporales, la tecnología escasa y la clave del sostenimiento económico
radica en la creciente extorsión de las fidelidades parentales en una
gigantesca maquinaria de mercantilización híbrida del trabajo
infantil, de ancianos, mujeres y de familiares.
Abandonando el ideal de la "modernización" vía la sustitución
de las estructuras tradicionales urbanas y campesinas, el nuevo orden empresarial
ha subordinado el taller informal, el trabajo a domicilio y las redes sanguíneas
de las clases subalternas a los sistemas de control numérico de la producción
(industria y minería) y los flujos monetarios de las bolsas extranjeras
(la banca). El modelo de acumulación ha devenido así en un híbrido
que unifica en forma escalonada y jerarquizada estructuras productivas de los
siglos XV, XVIII y XX a través de tortuosos mecanismos de exacción
y extorsión colonial de las fuerzas productivas domésticas, comunales,
artesanales, campesinas y pequeño empresariales de la sociedad boliviana.
Esta "modernidad" barroca ciertamente ha reconfigurado la estructura
de las clases sociales en Bolivia, las formas de agregación de los sectores
subalternos y las identidades colectivas.
En estos quince años, a la par de la desintegración de los grandes
centros obreros (mineros y fabriles), que concentraban elevados contingentes
de asalariados con contrato fijo en un sistema de ascensos internos fundado
en la autonomía obrera, la antigüedad y la transmisión paulatina
de saberes de las generaciones más antiguas a las nuevas, hemos visto
desaparecer de escena a la Central Obrera Boliviana, que desde 1952 condensaba
las características estructurales del proletariado (unidad por centro
de trabajo), de su subjetividad (previsibilidad del futuro debido al contrato
indefinido), de la ética colectiva (mejoras en función de acción
sindical legitimada por el estado). La condición obrera de clase y la
identidad de clase del proletariado boliviano han desaparecido junto con el
cierre de las grandes concentraciones obreras y, con ello, la muerte de una
forma organizativa con capacidad de efecto estatal en torno a la cual se aglutinaron
durante treinta y cinco años otros sectores menesterosos de la ciudad
y el campo.
Frente a ellos, ha surgido una estructura obrera numéricamente mayor
a la de hace décadas, pero materialmente fragmentada en diminutos talleres
legales y clandestinos, formas de contrato eventualizadas, temporales, sistemas
de ascenso fundados en la competencia y sindicatos carentes de legitimidad ante
el estado. Está surgiendo entonces una nueva forma de vasta proletarización
social pero sin arraigo organizativo, atravesada de profunda desconfianza interna,
con mentalidad precarizada y a corto plazo por el nomadismo de los jóvenes
obreros que tienen que combinar el pequeño comercio, el contrabando,
el trabajo asalariado o el trabajo agrícola según las temporadas
y las necesidades.
Igualmente, en el campo, el libre comercio ha abierto de manera dramática
las tijeras de los precios de productos agrícolas e industriales incrementando
la transferencia de trabajo impago de la ciudad al campo, pero además,
debido a la nueva legislación agraria y a la flexibilización laboral,
las unidades comunal-campesinas están sufriendo un cerco que redobla
su anclaje en la economía de autosubsistencia arruinada y una economía
de mercado que la desangra. Esta muralla estaría dada por la imposibilidad
que se le ha impuesto de ampliar, como lo venía haciendo desde hace décadas,
la frontera agrícola campesina del altiplano hacia los llanos del oriente.
Antes, debido a la presión demográfica en el occidente donde la
posesión familiar ha sido reducida a unos pocos metros cuadrados, miles
de familias campesinas se dirigían al oriente para sembrarlas bajo modalidad
de economía de autosubsistencia. Hoy, miles y miles de hectáreas
han sido concedidas a hacendados y ya no existe tierra de "colonización".
Pero además, la posibilidad de un tránsito exitoso del campo (donde
se concentra todavía cerca de 45% de la población del país)
hacia la ciudad, ahora también se halla bloqueada por la precariedad
laboral y el libre comercio que literalmente ha arruinado a miles y miles de
pequeñas actividades informales, artesanales e industriales que anteriormente
cobijaban a la fuerza de trabajo migrante del campo. Las grandes movilizaciones
urbano-rurales del último año hallan en estos procesos de reconfiguración
técnica de las clases sociales su condición de posibilidad.
Los temblores de abril: la forma multitud
La fortaleza y legitimidad de las reformas neoliberales son directamente proporcionales
a la desorganización social. La precariedad, la erosión del estado
de bienestar, la desterritorialización[2] social, el fundamentalismo
del libre mercado, el fatalismo ideológico, son precisamente técnicas
de disuasión y de desarticulación de las estructuras sociales
que permiten la consolidación del poder económico, político
y cultural de unas élites desarraigadas y frívolas.
Pero he ahí que lo que inicialmente produjo desorganización de
la sociedad, de una manera lenta, compleja pero ascendente, está dando
lugar a una nueva composición de los movimientos sociales y a una descomposición
de las élites gobernantes, de sus sueños y su proyecto excluyente.
De la fragmentación urbana de los pequeños talleres, de una juventud
sin horizonte de previsibilidad, de unas redes sociales arrinconadas a la gestión
de la vida barrial, ha nacido una forma de unificación social, la forma
multitud, que es una forma de deliberación democrática y de soberanía
política que ha modificado el escenario del porvenir del neoliberalismo.
Unificándose en un gran tejido local, luego regional y por último
departamental, estas redes locales, barriales, campesinas, artesanales, urbanas
han logrado estructurar un gigantesco movimiento de autonomía política
y cultural capaz de expulsar a una empresa extranjera que iba a privatizar los
recursos hídricos, reconocer y consagrar en la ley los usos y costumbres
tradicionales en la gestión del agua, disolver la clientelización
partidaria y crear un tipo de poder político temporal que sustituyó
al estado en la gestión social durante cinco días en la tercera
ciudad y departamento del país. La Coordinadora del Agua, que es el nombre
que ha adoptado esta forma de interunificación, es una organización
que agrupa a los pocos y antiguos sindicatos formados por centro de trabajo,
pero además reúne a otras formas territoriales, urbanas, juveniles
y campesinas en torno a objetivos claros y mediante mecanismos de deliberación
democrática característicos de los sectores populares como las
asambleas locales y los cabildos donde se encuentran miles de jóvenes
obreros, desocupados, campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, vendedores,
sindicalistas, cocaleros, jóvenes estudiantes, profesionales, etcétera.
A través de esta forma de multitud actuante, la fractura social que llevó
a la COB a su extinción comienza a ser revertida en función de
las nuevas características que ha asumido la estructura laboral urbana:
interunificación de redes barriales, juveniles, campesinas y obreras
de oficio en torno a la política de las necesidades vitales (agua, tierra,
luz, servicios básicos, trabajo, etcétera) que son ahora los nuevos
objetivos de privatización y exacción social.
La rebelión indígena de septiembre
Por su parte, la rebelión indígena en el altiplano también
tiene como antecedente inmediato la reconfiguración de la sociedad y
el estado en las últimas décadas. Junto con las comunidades campesinas
de los valles que también se movilizaron en abril y septiembre, las del
altiplano son estructuras productivas, culturales y de filiación que
combinan modos de organización tradicionales con vínculos con
el mercado, la migración urbana y pausados procesos de diferenciación
social interna. La tenencia de la tierra combina formas de propiedad familiar
con la comunal; los sistemas de trabajo asentados en la unidad doméstica
mantienen formas no mercantiles de circulación de la fuerza de trabajo
y de la laboriosidad colectiva para la siembra y la cosecha. El sistema ritual
y de autoridades locales vincula la responsabilidad rotativa de cada familia
en el ejercicio de la autoridad sindical y el ciclo de celebraciones locales
con la legitimidad y continuidad de la tenencia familiar de las tierras de cultivo
y pastoreo. Si bien es creciente la parte del producto familiar que se incorpora
al mercado y del consumo que se necesita complementar con productos urbanos,
no estamos ante campesinos plenamente mercantilizados. No existe un mercado
de tierras; la fuerza de trabajo no ha sido mercantilizada internamente y más
de la mitad de las necesidades de reproducción comunal son autoabastecidas.
De ahí su posición social como comunarios y no como campesinos,
que supone ya la mercantilización de la producción, del consumo,
y la privatización parcelada de la tierra.
Las reformas estructurales de los últimos años han limitado enormemente
la diversificación de las estrategias familiares que articulaban el trabajo
en la ciudad, la venta de productos agrícolas, el comercio informal con
la ocupación de nuevas tierras. La precarización laboral y la
contracción del comercio interno han cercenado la posibilidad de ingresos
monetarios estables, en tanto que la apertura de las fronteras ha arrinconado
a los precios agrícolas de los comunarios a una baja sistemática,
de tal manera que hoy se requiere un mayor volumen de productos agrícolas
para obtener los mismos productos industriales de consumo interno (azúcar,
arroz, fideo, harina, ropa, etcétera).
Sin embargo, la suma de estos condicionamientos no es suficiente para desatar
rebeliones. La miseria y la falta de oportunidades por lo general engendran
una miseria espiritual predispuesta a mesianismos religiosos o populistas. Las
rebeliones sociales como la del altiplano son, en cambio, procesos de autounificación
comunitaria portadores de proyectos políticos con alto grado de autonomía
cuya producción requiere de otros componentes que hunden su raíz
en la memoria colectiva y en su capacidad de proyectar horizontes de acción
racionalmente fundados en la historia colectiva, o, al menos, en lo que ellas
imaginan que es su historia.
La rebelión aymara del altiplano precisamente ha podido acontecer porque
allí se han agolpado penurias contemporáneas con herencias históricas
y representaciones de la vida que leen el pasado, que significan el mundo vivido
como un hecho de dominación colonial que debe ser abolido. De ahí
la profunda carga política de la acción de las comunidades pues
en su acción, en sus simbolismos, en su discurso corporal y en su manera
de escindir el mundo entre q’aras y aymaras hay toda una recuperación
de la historia, una denuncia del racismo interno que acompaña la vida
republicana y una propuesta de democratización del poder, de lo público,
de la producción de lo común.
En Bolivia, la colonización estructuró dos repúblicas:
la de indios y la de españoles, ambas con legislaciones separadas, pero
también con funciones sociales diferenciadas: las tierras, el poder político,
la cultura y el idioma legítimos, el control de las minas, las empresas
y los negocios pasaron a manos de los españoles; en tanto que el trabajo
servil, el tributo, la obediencia, el lenguaje proscrito, los dioses clandestinos
y la cultura estigmatizada quedaron en manos de los indios. La colonización
de América, como toda colonización, fue un hecho de fuerzas que
establece una división entre dominados y dominantes, entre poseedores
y desposeídos; pero con la diferencia de que la "naturalización"
de este brutal hecho de fuerzas, su legitimación, su lectura y justificación
se hacen a nombre de la diferencia de culturas ("unas más aptas
para el gobierno y otras para la esclavitud"), o a través de las
religiones ("unas más civilizadas y otras profanas"), o a través
de la diferencia de razas ("unas más humanas y racionales que las
otras").
De ahí que toda colonización sea también discursiva y simbólicamente
una "guerra de razas". La propia modernidad con sus divisiones sociales
es una continuidad de esta guerra de razas.[3] La república boliviana
nació bajo estos fuegos que consagraban prestigio, propiedad y poder
en función del color de piel, del apellido y el linaje. Los procesos
de democratización y homogeneización cultural del último
siglo, lejos de abolir esta segregación, la han ampliado a toda la vida
institucional, eufemistizándola detrás de un supuesto mestizaje
de utilería que se ha derrumbado no bien los llamados "indios"
se han cansado de quejarse y han impuesto con la fuerza de los hechos, en un
gigantesco bloqueo, el derecho a la igualdad.
Bolivia, a pesar de las reformas liberales, la globalización de las élites
y los McDonald’s de las mediocres clases medias, sigue siendo colonial
y posee un estado que ha institucionalizado el racismo. Como en el siglo XVI,
un apellido de "alcurnia", la piel más blanca o cualquier certificado
de blanqueamiento cultural que borre las huellas de indianidad cuenta como un
plus, como un crédito, como un capital étnico que lubrica las
relaciones sociales, otorga ascenso social, agiliza trámites, permite
el acceso a los círculos de poder. La rebelión ha puesto este
privilegio de linaje en discusión y de ahí el pavor de las clases
adineradas. La enunciación práctica de que esos indios existen,
tienen poder, tienen historia y son una nación ha creado de facto la
emergencia de un nacionalismo indígena aymara como forma de superar el
colonialismo republicano. Está claro que a partir de ahora ya no puede
haber un porvenir de Bolivia que no tome en cuenta el nacionalismo aymara y
su apetencia de igualdad que fácilmente pudiera devenir en exigencia
de autonomía.
La tecnología de la rebelión: la forma comunidad
El levantamiento aymara de septiembre-octubre no sólo ha sido una explosión
de descontento, ni siquiera un recordatorio de que Bolivia es un país
donde están dominadas otras naciones. Ha desplegado de una manera intensa
una serie de mecanismos de movilización social que, al igual que lo que
sucedió en abril en la ciudad de Cochabamba, marcan pautas y tendencias
para una regeneración de la política y el buen gobierno en el
país.
1. Sustitución del poder estatal por un poder comunal suprarregional
descentralizado en varios nodos (cabildos)
A pocos días de la movilización, el sistema estatal de autoridades
(subprefecturas, alcaldías, retenes policiales, administración
estatal) fue disuelto y remplazado por un complejo sistema de autoridades comunales
(denominadas dirigentes sindicales, pero que en verdad funcionan bajo la lógica
comunal de la responsabilidad pública rotativa ligada a la legitimidad
de la tenencia familiar-comunal de la tierra). Este armazón de poder
alternativo tenía a las asambleas de comunidad (sindicato campesino)
como punto de partida y soporte de la movilización. Es aquí donde
se toman las decisiones y no hay fuerza capaz de movilizarlas que no sea el
convencimiento asambleísticamente decidido de la justeza de la demanda.
Por encima de él, los representantes de decenas de comunidades (subcentrales);
por encima de ellas, representantes de varias subcentrales agrupados en una
federación provincial que es el nivel organizacional hasta donde llega
el control de las bases comunales sobre la acción de sus dirigentes,
pues son miembros que siguen labrando las tierras en sus comunidades. En esta
red recayó la capacidad de movilización de las cerca de diez provincias
paceñas que concentran la mayor parte de la población aymara rural
del país.
Dado que el bloqueo dio lugar a la formación de grandes concentraciones,
se formaron cuatro cabildos interprovinciales que llegaron a agrupar cada uno
hasta 25 mil comunarios que deliberaban permanentemente, al margen de que otros
se mantenían en los bloqueos a lo largo de los cientos de kilómetros
de las carreteras que confluían a la ciudad de La Paz. Como fruto de
estos cabildos, se formaron Comités de Bloqueo con representantes destacados
de las zonas más aguerridas y movilizadas y que constituyeron el auténtico
estado mayor de la movilización, en tanto coordinaba a las comunidades
de base con los dirigentes máximos que se movían por otras provincias
o se hallaban en la ciudad para entablar las mesas de negociación con
el gobierno. Y por último, Felipe Quispe, cuya autoridad indiscutible
respecto a los aymaras movilizados recaía en su gran capacidad de entender
las demandas colectivas de dignidad y autonomía indígena.
Durante los dieciocho días, nada se movía, nadie transitaba por
los caminos y ninguna decisión se tomaba si no era a través de
estas redes de poder que ocuparon carreteras, pueblos intermedios y medios de
comunicación. En los hechos, la autoridad territorial de la zona de rebelión
se desplazó del estado a las estructuras sindicales de la comunidad y
a sus cabildos.
2. Sistema comunal productivo aplicado a la guerra de movimientos
La posibilidad de que tanta gente pueda mantenerse por tantos días en
las carreteras se sostuvo en el sistema de "turnos", mediante el cual
cada veinticuatro horas la gente movilizada de una comunidad es sustituida por
la de otra comunidad a fin de permitir que la primera descanse, se dedique durante
unos días a sus faenas agrícolas y regrese nuevamente a la movilización
cuando le toque su "turno". Por cada cien personas movilizadas en
uno de los cientos de bloqueos hay un círculo de otras mil o dos mil
personas que esperan su turno para desplazarse. De ahí el cálculo
conservador de que sólo en el altiplano se movilizaron cerca de 500 mil
comunarios.
La logística del bloqueo estuvo también asentada en las propias
comunidades. Cada grupo movilizado traía su alimentación comunal
que luego era juntada con las de otras familias y comunidades en un apt’api
que consolidaba solidaridades y cohesionaba a través del alimento lo
que se venía haciendo en la guerra.
Por otra parte, la técnica de bloqueo que inviabilizó cualquier
intento de desbloqueo militar fue el traslado de la institución del trabajo
comunal, en el que todas las familias laboran colectivamente la tierra de cada
una de las familias, al ámbito guerrero. A lo largo de los caminos, unas
poderosas máquinas humanas productivas se ponían en movimiento
sembrando de piedras y tierra cada metro de asfalto. No bien pasaban los tractores
y los soldados, esta poderosa fuerza productiva agrícola que permite
la roturación o la siembra en corto tiempo, ahora servía para
tapizar la carretera de infinitos obstáculos.
Objetivamente, los comunarios aymaras ocuparon militarmente el espacio y ejercieron
su soberanía sobre él a través del tensamiento de instituciones
comunales, tanto políticas y económicas como culturales. El estado,
mientras tanto, ahí donde asomaba la cara, lo hacía como un intruso
inepto a quien la geografía y el tiempo se presentaban como fuerzas ajenas
e incontrolables. La única manera de querer conjurar esta soledad fue
a través de las muertes que lo arrojaban a una mayor adversidad pues,
con el recuento de los muertos, los aymaras comenzaron a proponerse desalojar
los cuarteles que se hallan construidos en las provincias rebeldes. En términos
militares, el estado perdió la iniciativa; perdió el control del
tiempo, perdió el control del territorio y fracasó en su intento
de represión. Esta derrota militar del ejército estatal es un
acontecimiento que seguramente también marcará los siguientes
pasos que emprenda el movimiento indígena en la construcción de
su autonomía política.
3. Producción de una moral pública de responsabilidad
civil
La pedagogía de democratización de la vida pública, en
este caso del cerco a la ciudad, fue sin duda extraordinaria. Todos los componentes
de lo que se denomina "democracia deliberativa" estuvieron resentes,
pero no como complemento del estado de derecho como lo hubiera deseado Habermas,[4]
sino precisamente como interpelación a un estado que ha institucionalizado
la desigualdad. Entre estos componentes vemos: a) los cabildos y las asambleas
que funcionaron como organismos públicos de intercambio de razones y
argumentos del que nadie estaba excluido, ni siquiera los funcionarios estatales,
pero como iguales al resto de los comunarios indígenas; b) los participantes
ejercieron un principio de soberanía en la medida en que no obedecían
a ninguna fuerza externa que no fuera la decisión colectivamente acordada
por todos; c) las deliberaciones entre iguales se sustentaron en movimientos
sociales (las comunidades movilizadas) portadores de una moral de responsabilidad
pública (local). Ahora, es cierto que en estos modos de democratización
cuenta el carácter obligatorio de la participación de todos en
las decisiones que han sido tomadas por todos. Esto tiene que ver con la preponderancia
de lo común por encima de lo individual en las estructuras sociales tradicionales.
Sin embargo, las asambleas buscan ante todo la producción de consenso
a través de largas sesiones de mutua persuasión; y si bien no
falta la formación de disensos minoritarios, estas minorías no
pierden su derecho a la voz disidente y a aprobar en una nueva asamblea un cambio
en la correlación de fuerzas.
En términos generales, la importancia de la rebelión de abril
y de septiembre es mucho más que la carga de descontento que ha aflorado
en la sociedad. Es, por sobre todo, la reconstitución de un tejido social
capaz de proponer formas alternativas de democratización de la vida pública,
formas de autorganización que devuelvan a la sociedad el control de sus
facultades políticas; en fin, formas de autogobierno plebeyo y comunal
capaces de arrebatar el monopolio de lo público a unas élites
empresariales fracasadas que pese a sus promesas han llevado a la nación
a la bancarrota.
Pero además, es de esperar que estos destellos de lucidez civil anuncien
una nueva ola de iniciativas sociales por la democratización y la igualdad
ciudadana tan maltrecha en el continente.