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19 y 20: los días en que todo cambió
Este larguísimo 19 de diciembre no ha terminado. Comenzó a las nueve de la mañana en plena city porteña y aún está velándose, entre canciones y videos que se exhiben en una Plaza de Mayo convertida en campamento de vigilia. De la mañana a la madrugada, la ciudad ha sido testigo de varias y diversas cosas al mismo tiempo. No todas fueron tan buenas como se deseaban, pero ninguna fue tan mala como se anunciaba con extraño fervor en los medios. Sin violencia y con titubeos, lo que emergió hoy es ese movimiento contradictorio, fragmentado, pero también desafiante y potente.
Así quedó la Argentina desde aquel otro 19 de diciembre.
Lo que sigue son algunas de las impresiones de este día diferente. Por ser así- inédito, distinto- no es sencillo retratarlo. ¿Fue una protesta? ¿Un recordatorio? ¿Un examen? La respuesta lleva los puntos suspensivos de este presente en donde hay espacio para todas las esperanzas y los miedos.
Una idea. Ezequiel expuso su idea en la Asamblea del Cid Campeador hace ya dos meses. Imaginó una acción que señalara el espacio geográfico en donde se anclan muchos de los males argentinos: la city porteña. Imaginó rodear el Banco Central y, luego, la Bolsa de Comercio hasta asfixiarlos en un abrazo resistente. Cuando todos estuvieron de acuerdo con la idea, comenzaron a proponérsela a las demás asambleas. Durante estos dos últimos meses, en reuniones semanales donde cada vez se sumaban más y más representantes y se alargaban más y más los debates. Finalmente, en la última reunión, contaron 36 representantes con mandato de sus respectivas organizaciones y 44 más que se sumaron en calidad de oyentes. Así, lograron reducir la organización a tres cuestiones: ser puntuales para no comprometer la seguridad del acto, no llevar más de una bandera por organización y proclamar una sola consigna: que se vayan todos.
Se trataba, entonces, de protagonizar el primer piquete urbano producido por las asambleas barriales y el primer acto con que este 19 de diciembre recordaría que todo aquello que había producido el estallido -hace un año- no había hecho más que empeorar.
Un hecho. A las 9 en punto de la mañana, la esquina de Diagonal Norte y Florida lucía más policías que manifestantes. Una hora después logró conformarse la columna que comenzó a caminar ruidosamente por la calle Perón. Cada militante del MST-Izquierda Unida llevaba en la mano un cartel que proclamaba su identidad política. La mayoría, sin embargo, se nutrió de la creatividad del Grupo de Arte Callejero, Ardearte e Intergaláctika, que desplegaron un sin fin de propuestas, todas novedosas, alegres, impactantes. Una de ellas: repartir entre los manifestantes una pequeña etiqueta con el clásico código de barras que lucen los productos en el supermercado global. Debajo de esas líneas y números, con la clásica tipografía impersonal que clasifica la mercadería, colocaron cuatro diferentes palabras: confianza, pasión, ternura y amor. Esas cosas que en ningún lado pueden comprarse.
Otra: en cartones prolijamente cincelados, recortaron la figura de un obrero trabajando. La leyenda decía: "cuidado, hombres devastando". Con aerosol lograron que la silueta y la inscripción quedaran adheridas a las paredes de los bancos. Allí también colocaron fajas blancas con rayas coloradas, de esas que delimitan una zona prohibida al tránsito. Solo que esta vez las palabras que allí podían leerse aludían al gatillo fácil, la impunidad, el hambre y la desocupación. Con pintura celeste y blanca cubrieron de manchas los frentes de entidades financieras extranjeras. El grupo de arte Etcétera sumó una cadena de tapas de inodoro decoradas con diversos retratos: Duhalde, por supuesto, pero también Lilita Carrió, Adolfo Rodriguez Saá, De la Sota y Carlos Menem, los candidatos a las próximas elecciones, de las que todos allí descreen.
La columna se partió en cuatro con la intención de interferir la actividad financiera en la manzana que rodea al Banco Central. Los organizadores le habían adjudicado previamente a cada grupo un color: verde, blanco, azul y rosa. En cada esquina, entonces, comenzó a las 10.30 un debate que llegó a su punto máximo a las 11 de la mañana. La pregunta era: ¿había que dejar o no pasar a la gente? Por momentos, la escena lucía como una película de los Monty Python (aquel grupo inglés que se caracterizó por versiones cinematográficas disparatadas de episodios históricos solemnes). Aún así y quizá por eso mismo, hubo espacio para que emergiera algo completamente diferente.
Uno: cantar "que se vayan todos y no quede ni uno solo" con la música del Himno a la Alegría, en versión coral y con un in crescendo que paralizó a los transeúntes. Otra: la precisión de una consigna para definir -mejor que nadie- los condimentos necesarios para este tipo de movimientos. Sus ingredientes quedaron así resumidos: "con lucha y con paciencia se está formando la nueva resistencia".
Lucha y paciencia, entonces, fue lo que sobró esta mañana y fue también lo que alimentó este piquete que logró lo que se propuso: hacer algo. No es poco si se tiene en cuenta que lo más importante fue reunir a 500 jóvenes, muy jóvenes todos, intentando parir nuevas etiquetas.
Un pasado. Es 19, pero también es jueves. Plaza de Mayo es a las cuatro de la tarde la hora de las Madres. Unas lucen un enorme cartel que reza: "no al pago de la deuda externa". Otras llevan la identificación de su división: Línea Fundadora. Todas representan aquello que cargan sobre sus espaldas: años de lucha -muchos, demasiados en soledad- y ese ejemplo de resistencia que el paso del tiempo no ha hecho más que acrecentar. Cada vez más ancianas, cada vez más vitales, siguen allí para custodiar el futuro del nunca más. No hay reloj que marque este tiempo que ellas logran eterno. La memoria son ellas y es eso.
Un presente. Desde La Matanza partieron los piqueteros que lidera Luis D´elia que enarbola, en Plaza de Mayo, una pequeña imagen de la Virgen de Luján. A su lado, está el líder de la Corriente Clasista y Combativa, Juan Carlos Alderete. Son muchos los que llegaron hasta allí -los organizadores hablan de 10 mil manifestantes- y es casi un milagro si se tiene en cuenta que este día -el 19- fue el elegido por las autoridades del gobierno para pagar esos escasos 150 pesos del plan Jefes y Jefas de Hogar con los que intenta apagar el fuego de la protesta. D´elia habla de los chicos sin zapatos ni comida, del hambre que no puede esperar y de la desocupación que desespera. Invoca a la Virgen y evoca a un plazo que se extinguió: "estamos hartos", sintetiza. Y se va. Arrastra a su columna detrás y deja la Plaza desnuda.
Un atardecer. A las 19, en diferentes esquinas de la ciudad, los vecinos vuelven a hacer sonar sus cacerolas. No en esquinas cualquiera sino en aquellas que hace un año vieron nacer las asambleas. Son muchos menos, pero también muchos más de los que habitualmente se reúnen ahora cada semana. No logran despertar tanta adhesión, pero sí que los escuchen aquellos que detrás de las ventanas espían la escena sin fervor, pero también sin indiferencia. Una vecina dice: "no tengo ganas de ir, pero me alegra que estén". Le pregunto por qué y responde. " porque estoy muy cansada".
Una noche. La vigilia ofrece un menú cultural variado. El fotógrafo Marcelo Brodsky exhibe en un video wall su trabajo titulado Lazos de sangre, a un costado de la pirámide. Más allá, de una a otra palmera, penden de un hilo fotografías de la batalla de aquel diciembre que hoy se invoca. Sobre el escenario, diferentes grupos musicales asumen el rol de anfitriones, mientras sentados en el césped, hay quienes charlan, comen, toman mate, escuchan, cantan. Frente a la Catedral, un amplio panel blanco exhibe otro video. Lo dirigió el canadiense Avi Lewis y se titula Gustavo Benedetto, presente. Las primeras escenas las filmó en marzo. Las últimas, en noviembre. Lo exhibió por primera vez en una plaza canadiense. Ayer lo mostró en Buenos Aires. Y cada vez fue diferente. En principio, porque esta versión terminó de editarla en la madrugada del miércoles. Pero fundamentalmente, porque cambiaron tantas cosas desde aquella primera toma, todas ellas registradas sabiamente por Avi, que ahora prepara un nuevo filme que comenzó a filmar hoy mismo, a las 6 de la mañana.
Aquel marzo, la historia de Gustavo era apenas un número: uno de los cinco muertos en esa Plaza de Mayo. Avi escuchó qué había detrás de ese número y decidió entrevistar a su familia en la puerta del banco donde fue asesinado. Con esas imágenes bordó la primera versión. Ocho meses después, regresó a la Argentina y escuchó otra historia. Cada 20 de diciembre, el Grupo de Arte Callejero colocaba en el lugar donde Gustavo había sido asesinado una placa para recordarlo. Y al día siguiente, la inscripción desaparecía. Con lógica y paciencia, Avi esperó que llegara el siguiente día 20, registró la escena de colocación de la placa y esperó durante toda la noche para filmar qué pasaba. A las 3 de la mañana logró el resto: dos policías (uno de civil y otro uniformado) llegaron en un auto rojo sin patente y con una palanca, levantaron la inscripción. No pudieron completar la faena porque Avi los interceptó -de frente- con su cámara.
Hoy, esos policías están procesados. Y mañana, 20 de diciembre, se colocará allí mismo y otra vez, y todas las que hagan falta, una placa.
A la una de la mañana ese video inundó la Plaza. Entre los muchos que allí lo vieron en silencio estaba Ezequiel, de la Asamblea del Cid. Su largo, larguísimo día, no había terminado. Como esta historia que para él -como para tantos otros- recién comienza. Y este 19 ya recuerdan.