Notas para la acción política
A propósito de la lucha piquetera en la Argentina
Colectivo Situaciones
Los mecanismos que tiene el poder para obstaculizar la emergencia de fuerzas
sociales y políticas que lo cuestionan son variados y se renuevan constantemente.
Pero los poderes no son la última palabra de toda conversación,
el último disparo de toda batalla, la última decisión en
el juego de la política. Esta imagen no hace justicia a la historia de
las luchas populares. Si alguna lección hemos aprendido de ellas y de
nuestras propias luchas es que paradójicamente "el poder del poder
no radica en su poder", sino en nuestra falta de potencia, de rigor, de
pensamiento, de trabajo, de paciencia y de decisión. El poder se alimenta
de nuestras debilidades. El poder se hace fuerte a partir de las contradicciones
del pueblo.
Porque aprendemos que esto es así se vuelve muy importante saber que
no hay lucha que no sea, en sí misma, una forma de entender las cosas,
una visión del mundo, un pensamiento en acción. Por ello, en momentos
de desconcierto es cuando más hace falta la reflexión política
entre los compañeros que compartimos la experiencia de la lucha y la
creación. Pensar juntos, intentar comprender lo que pasa, cómo
se está trabajando, cuales son los obstáculos, pero también
y, sobre todo, pensar juntos sobre quiénes somos, qué estamos
haciendo, cuál es nuestro camino, qué es lo que estamos creando
juntos, por dónde pasan la radicalidad y la potencia de nuestra lucha
y de los saberes sobre el contrapoder que estamos produciendo.
Como aporte a este ejercicio hemos redactado el presente trabajo sobre lo que
ha ocurrido desde el Primer Congreso Nacional Piquetero hasta el final del plan
de lucha que allí se decidió, y la realización del Segundo
Congreso. Lo que buscamos entender es cuáles son las estrategias de pensamiento
que estuvieron en juego, cuáles son las preguntas y los problemas fundamentales
que quedan planteados y cómo pensar, al interior de este movimiento,
las cuestiones de la representación, de la delegación, de la identidad,
de la organización y demás cuestiones centrales de nuestra construcción.
1- Introducción
El llamado Primer Congreso Nacional Piquetero fue un momento clave para comprender
la encrucijada actual. En él se reunió lo que podría ser
una futura coordinadora nacional de compañeros que tienen en común
las reivindicaciones y la forma de lucha: el corte de ruta. Sin embargo, se
encontraron allí dos formas muy diferentes del pensamiento político.
Cuando se comenzó a desarrollar el plan de lucha quedó claro hasta
qué punto los piqueteros no son un movimiento único, homogéneo
y organizado.
Tal vez el problema más grande sea pretender que un movimiento que es
por principio múltiple, diverso y complejo deba ser "simplificado",
reducido a una sola forma de pensarlo (y de representarlo).
Puestos a definir las dos grandes formas de pensar que existen dentro del llamado
movimiento piquetero diríamos que, por un lado, hay en los dirigentes
de las organizaciones más estructuradas (la F.T.V, la C.C.C, y otras)
un pensamiento en términos de "globalidad" y de "coyuntura";
mientras por otra parte están las organizaciones menos estructuradas
y más ligadas a sus propias experiencias territoriales, quienes piensan
más en términos de contrapoder, de la experiencia concreta de
transformación, en situación.
Después del congreso la "visión de coyuntura" tomó
un vigor y una presencia exagerada, dejando una sensación de confusión
en los compañeros que piensan en términos de su situación
concreta.
2- Un pequeño recorrido por los acontecimientos puede ser útil
para poder entender mejor la importancia del debate planteado...
La irrupción del movimiento piquetero, como sabemos, se venía
desarrollando desde fines del primer gobierno de Carlos Menem. Sus características
fundamentales son las siguientes:
- El fenómeno piquetero nace por fuera de las instituciones políticas
y sociales del país: iglesias, partidos políticos, sindicatos,
etc. No sólo su desarrollo es autónomo, sino que esta autonomía
está directamente relacionada con el desprestigio de estas instituciones
y con su escasa capacidad, no ya de plantear la modificación de las estructuras
de dominación capitalista, sino siquiera de incluir bajo condiciones
mínimas de vida a una parte creciente de la población.
- La lucha piquetera, como tal, fue creciendo de la periferia hacia el centro
del país.
- Emergencia de una estructura nacional pos-industrial que deja afuera de la
fábrica no sólo a millones de personas. El eje del conflicto se
desplaza, entonces, a la parte del proceso de acumulación capitalista
que se desarrolla, precisamente, por fuera del proceso productivo fabril. La
eficacia del corte consiste, entonces, en su capacidad de interrumpir la circulación
de mercancías y fuerza de trabajo, punto nodal de dicho proceso de acumulación.
- Su eficacia surge también de alterar las condiciones de legitimación
políticas, que otra condición del proceso de acumulación
de capital.
- Otro tipo de eficacia está también ligada al piquete: su tendencia
asamblearia, que constituye una fuerte matriz de politización popular.
- Los piquetes fueron decantando como formas de la lucha popular, a partir de
las insurrecciones populares espontáneas como el Santiagueñazo
(1994).
- Socialmente, su hegemonía pasó de los llamados "nuevos
pobres estructurales" y de las clases medias empobrecidas a sectores sociales
cada vez más marginados.
- Este movimiento expresa la conformación de un sujeto popular que aprendió
rápidamente la eficacia de una forma de lucha concreta, el corte de ruta,
y la generalizó en muy pocos años.
- Incluyeron un nivel de violencia popular desconocido desde la última
dictadura militar. Durante el Gobierno de Alfonsín, la violencia popular
era criminalizada, acusada de golpista y desestabilizadora de la democracia.
Durante el Gobierno de Menem, la violencia popular (tipo santiagueñazo)
no alcanzó nunca el nivel de organización y legitimidad de las
luchas actuales.
- Esta violencia se manifiesta como autodefensa. Como tal se da a través
de un alto grado de masividad y legitimidad. No es una violencia organizada
por una organización centralizada ni tiene por objetivo la toma del poder.
* Los piquetes son un fenómeno de una multiplicidad acentuada, sin organizaciones
únicas, ni dirigentes consolidados en las superestructuras del país.
No tienen asesores de imágenes, ni programas de gobierno. Carecen de
un "modelo" alternativo. Si bien tienen un lenguaje -espontáneo-
muy eficaz para la TV, no poseen, en cambio, un consejo asesor que les recomienden
como construir su imagen según las modalidades dominantes. Su potencia
radica precisamente en estas características.
- Por lo mismo que venimos viendo, los piquetes son heterogéneos entre
sí: no son todos iguales, ni se piensan a sí mismos siempre de
la misma forma.
En pocos años los piquetes se transformaron en la forma de lucha dominante
y se impusieron por su efectividad. El Gobierno se desorientó frente
a la multiplicación de los focos de conflicto. Luego, con la conformación
del movimiento, se fue constituyendo una interlocusión que garantizó
un dialogo posible entre interlocutores mutuamente reconocidos.
En una primera etapa el Gobierno Nacional había desestimado el fenómeno.
La influencia de la lucha piquetera en la superestructura política no
pasaba de provocar internas entre las Provincias y la Nación por fondos
de ayuda social, y por los costos políticos de la represión. Se
leía frecuentemente en los diarios declaraciones de este tenor: "como
se trata de un problema provincial, que se arreglen los gobernadores".
Pero los piquetes se generalizaron: la gendarmería fue cada vez más
exigida, los recursos pasaron a ser escasos y los piquetes se acercaron peligrosamente
a la capital. Los medios dieron cuenta de esta situación y los banqueros
y las fuerzas de la
derecha pidieron abiertamente represión.
En el norte argentino los piquetes se tornaron masivos y de larga duración.
Con el Gobierno de la Alianza los conflictos se endurecieron y la represión
comenzó a arrojar víctimas fatales. En junio la lucha del piquete
de Mosconi repercutió en todo el país. La gendarmería reprimió
duramente y los piqueteros realizaron una resistencia de proporciones.
En Provincia de Buenos Aires algunas organizaciones sociales con una historia
de lucha ligadas a tomas de tierras, pequeñas cooperativas y mutuales,
asociaciones civiles barriales, comunidades cristianas de base, desarrollan
piquetes principalmente en la zona Sur y en La Matanza, donde se consolida una
fuerza social considerable. La Federación de tierra y vivienda (FTV)
que adhiere a la Central de trabajadores Argentinos (CTA), la Corriente Clasista
y Combativa (CCC), junto al Polo Obrero/Partido Obrero (PO) son las vertientes
más estructuradas y comparten estrategias. El Movimiento de Trabajadores
Desocupados (MTD), El Movimiento Teresa Rodríguez (MTR), La Unión
de Trabajadores Desocupados (UTD), La Coordinadora de Trabajadores Desocupados
(CTD) y otros grupos, están en un activo proceso de constitución
de una identidad, y en la búsqueda de una forma propia de la construcción.
En el sur se realiza una demostración de fuerza inédita. Se cierran
los accesos a la Capital en solidaridad con el piquete de General Mosconi, Salta,
con la exigencia de una retirada inmediata de la Gendarmería y en homenaje
a sus muertos, caídos bajo las balas de la gendarmería. Los MTD
y las CTD han dado lugar, recientemente, a una Coordinadora de Trabajadores
Desocupados Aníbal Verón.
3- El llamado al primer intento de unidad
A fines de julio se convoca -bajo las banderas de la unidad en la lucha- al
Primer Encuentro Nacional de Piqueteros en una iglesia de La Matanza. Participan
compañeros de casi todo el país, con distintas expectativas: los
que veían en esta oportunidad un buen espacio de coordinación
de esfuerzos, los que apostaban a institucionalizar el movimiento, y las organizaciones
del interior del país no ligadas a organizaciones nacionales, con necesidades
y problemas concretos de sus luchas, intentando romper el aislamiento. En fin,
una variedad de necesidades y expectativas acordes con la visión que
cada lucha tiene.
Las tensiones durante el congreso eran sentidas por los compañeros de
acuerdo a las expectativas con las que habían llegado. Manifestación
clara de esto fueron algunos hechos vividos: contra toda previsión de
los organizadores un grupo de diputados nacionales que querían hablarle
al público no pudieron hacer uso de la palabra por el repudio que manifestaron
los casi 2000 delegados piqueteros. El Secretario General de la CGT disidente
Hugo Moyano es repudiado activamente mientras intentaba dirigir un saludo al
Congreso.
El encuentro, que fue convocado a partir de un plan lucha unitario, no logró
desarrollar toda la potencia que allí se concentraba. Las diferentes
tendencias que lo componían fueron atrapadas en la lógica de la
institucionalización y de "darle formato" a la diversidad allí
reunida. Se impuso el "como si ": "hagamos como si fueran discutidas
las propuestas", "como si fuéramos participativos por que todos
hablan", "como si estamos unidos porque tenemos un plan de lucha".
Así, con la imposición de esta racionalidad política clásica,
salieron fortalecidos aquellos que por su lógica de pensamiento, su continuidad
con las formas dominantes de la política y su necesidad de acumulación
de poder, tuvieron más claro sus objetivos últimos, más
allá, incluso, de lo que realmente pasara en el congreso.
El consabido plan de lucha que surge implica una escalada de casi un mes de
cortes de rutas. Las reivindicaciones son tres: libertad a los luchadores sociales
presos, planes trabajar y fin de las políticas de ajuste neoliberales
por parte del gobierno nacional.
Las organizaciones mas estructuradas imponen su política como si fuera
la única. Luis D'Elía (CTA-FTV) y Juan Carlos Alderete (CCC) logran
consolidarse como los dirigentes principales de un movimiento que recién
comenzaba a reconocerse.
Inmediatamente después de realizado el Congreso se activa la dinámica
de institucionalización del movimiento piquetero. El Gobierno llama al
diálogo a los líderes piqueteros. Estos últimos aceptan.
Luego, en conferencia de prensa, anuncian las nuevas modalidades de los cortes:
"sin capuchas" y "sin cortes totales de rutas" [1]. Quienes
desoigan estas instrucciones, anunciadas por los referentes del movimiento,
serán acusados de ser agentes de "la seguridad del Estado"
infiltrados entre los piqueteros.
Esta operación de institucionalización tiene por efecto, a la
vez, un ofrecimiento al gobierno de una interlocución permanente (del
que se carecía hasta el momento); una aceptación de la superestructura
política como terreno dominante de la lucha y de las condiciones estatales
del juego político: la presentación de representantes permanentes,
la formulación de reivindicaciones claras y atendibles, y una cierta
capacidad de control de los "representantes" sobre su propia base.
Así se confirma el rol del estado como regulador central del conflicto
político, subordinando las posibilidades de las luchas, concebidas como
construcción de los lazos concretos del contrapoder y la producción
de alternativas de nueva sociabilidad de desde la base. [2] La primera jornada
de lucha fue masiva. La Matanza se consolidó como el eje del movimiento.
En el sur, los MTD no obedecen del todo los dictados de los máximos líderes
del movimiento: usan capuchas. Y el Movimiento Teresa Rodríguez (MTR)
toma un banco.
Para la televisión ha surgido un grupo radical y "proguerrillero".
La primera jornada demuestra que el movimiento es relativamente controlado por
sus voceros y representantes. No hay violencia. Sin la CGT disidente de Moyano,
la incidencia del paro anunciado por la CTA no es tan fuerte. La segunda jornada
es más débil. Cierra con una marcha a Plaza de Mayo que se estructura
sobre la capacidad de movilización de la CTA y sus principales sindicatos.
La Matanza sigue siendo el centro de las protestas, aunque se comienza a ver
la distancia entre dirigentes y dirigidos. La multitud va al piquete pero no
escucha los discursos ni se moviliza masivamente a la Plaza.
El MTR había tomado, unos pocos días antes, la sede del Ministerio
de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires. A la salida detuvieron a casi 60
militantes de su movimiento, entre ellos estaban algunos de sus dirigentes.
Por ello, durante la jornada de lucha de 48hs los MTD y las CTD fueron a La
Plata a exigir la liberación de sus compañeros encarcelados. Allí
se hace la presentación pública de la Coordinadora de Trabajadores
Desocupados Aníbal Verón.
El gobierno nacional pasa nuevamente a una posición agresiva. Envía
unos 500 auditores legales a controlar a las organizaciones piqueteras. Como
estas administran un 5% de los planes sociales que otorga el gobierno, los auditores
buscaron irregularidades para quitarles los planes y destruir la organización.
Caen varios planes. La jornada de tres días de lucha piquetera es ahora
más débil aún. Finalmente, se convoca al segundo congreso
piquetero.
4- La coyuntura y las opciones del pensamiento
Una vez que el fenómeno piquetero se generalizó, las estructuras
tradicionales de la política argentina montaron sus dispositivos para
cooptar, influenciar o reprimir al movimiento. Partidos tradicionales o de izquierda,
iglesia y sindicatos se lanzaron sobre este nuevo fenómeno con la intención
de controlar la potencia que recorre el país.
Los medios de comunicación también operaron sobre los piqueteros.
Los muestran, los bautizan, los estereotipan: intentan darles argumentos, regañarlos,
darles lecciones, hacer advertencias, sancionar "buenos y malos".
Los medios realizan, incluso, una operación más sutil: subordinan
la lucha social de los piqueteros a la "coyuntura política y económica",
transformando esta lucha en un elemento de una situación "otra",
más importante porque más general: la "situación nacional".
La lucha piquetera deja de ser, en sí misma, una situación con
la que comprometerse, para inscribirse en una situación total, de la
que son un actor mas, una parte, un elemento.
Una vez ubicados allí, en la "situación política nacional",
son sometidos a la lógica de la toma "responsable" de las decisiones:
pues ya no se trata solo de los piqueteros (que fueron transformados en una
"parte del todo"), sino, precisamente, de alcanzar el "bien"
de ese "todo" que es "el país", "el bien común".
En fin, de la suerte del Gobierno Nacional.
Así, las opciones estratégicas posibles para los piquetes se van
desgranando: ¿se acepta o no esta situación nacional como "la"
situación principal de la que ellos serían actores, "entre
actores", en la búsqueda denodada de alcanzar consensos políticos?
Si se acepta esta premisa, se ingresa a un pensamiento gobernado por la coyuntura.
Allí, los piqueteros deberán demostrar que como parte del todo
tienen "derechos", y lucharán por ser reconocidos como una
parte legítima (y por qué no, legal).
Pero también deberán abandonar toda pretensión de imponer
al resto de las partes (la población no piquetera) sus propios reclamos:
tendrán que armonizar. Una vez aceptado esto lo que se abre es el juego
de la política democrática liberal, consensual y representativa
(se instauran las reglas de la política en condiciones estatales, se
institucionaliza el movimiento y se asume como terreno de acción principal
un escenario controlado por el poder).
Una segunda posibilidad, aparentemente, es la de la política revolucionaria.
Aceptada la "situación general" como central, de lo que se
trata es de "forzarla", es decir, de plantearse la célebre
"cuestión del poder".
Los piquetes como "vanguardia revolucionaria"; el todo será
transformado; las partes deberán reconocer en los piquetes a la verdadera
representación del todo social; los desocupados como nuevo proletariado
y los piquetes como vía de preparación de la insurrección.
Las diferencias entre estas posturas se emparentan con la vieja polémica
entre "reformismo" y "revolución".
Puede postularse, aún, una tercer forma de plantearse el problema. Ella
sólo aparece a partir de negarse a aceptar la preeminencia de una situación
central (y "casi" única). Por esta vía se accede a un
pensamiento situacional, que no piensa la experiencia de lucha como la "parte
de un todo", que no la ve como "relativa" o "subordinada"
a una instancia superior. Esta opción abre un nuevo campo al pensamiento
político en el que el "todo está en la parte". (Las
categorías de "reformismo y revolución" pasan a un segundo
plano).
Sobre esta complejidad es que los piquetes piensan.
5- De la multiplicidad o la política de la Integración
El pensamiento político dominante trabaja a partir de las ideas de "excluido
e incluido". Así, los excluidos son la base de la constitución
de un cuerpo social (piquetero, desocupado, excluido, pobre, indigente, etc)
que, en tanto sujeto de "necesidades" (económicas, educacionales,
médicas, etc,) demanda sus derechos, es decir: "inclusión".
Esta inclusión puede pensarse "inteligentemente", como lo hace
la CTA, es decir, argumentando hasta qué punto la inclusión es
"económicamente posible", a partir del seguro de desempleo
y formación que promueven. Así, se demuestra cómo resulta
"matemáticamente" posible modificar la economía. La
inclusión no extrae su fuerza tanto de una idea situacional de "justicia"
como de su viabilidad demostrada. El argumento central es que la inclusión
no sólo es justa sino también, posible.
Ahora bien, esa posibilidad no es sólo declamada. Precisa de una acumulación
política social y, paralelamente, política e institucional. Si
alguna de estas dos líneas de acumulación se dieran sin la otra,
la política de inclusión fracasaría.
En esta lógica trabaja la CTA. Su construcción aspira a una "representación
intermedia", ya no necesariamente a través de un partido o frente
político, sino, fundamentalmente, político-social. La CTA se presenta,
así, como la representación genuina del movimiento social frente
a un sistema político castrado, incapaz de representar por sí
mismo al movimiento social.
Esta acumulación, a su vez, debe ir incidiendo en el sistema político
hasta adecuarlo a las nuevas condiciones signadas por una acumulación
considerable de poder popular, vía por la cual se reconstruye un sistema
de representación global transparente y más equilibrado.
La CTA implementa su estrategia por dos vías prioritarias. La primera
es la vía social, que implica el trabajo sindical y el territorial (a
partir de la Federación de Tierra y Vivienda) y que en las coyunturas
de movilización, confluye con la Federación Universitaria Argentina,
las Pequeñas y Medianas Empresas, y otras organizaciones representativas.
Este costado es el que le da inserción real a la CTA en los conflictos
sociales en todo el país y, la convierte, poco a poco, en una referencia
de lucha.
El nivel de la acumulación política e institucional agrupa a diputados,
agrupaciones políticas, dirigentes de derechos humanos, periodistas,
economistas, equipos técnicos y demás adhesiones de personalidades
del país y del exterior. (Esta articulación da sustento a iniciativas
propiamente político-sociales como el Frente Nacional contra la Pobreza).
Es esta la vía por la cual la CTA se integra en la superestructura política
e institucional. En este nivel se constata la dependencia de la CTA de otros
actores de la coyuntura del país (alternativas electorales "progresistas",
obispos "progresistas", etc).
La CTA, finalmente, se caracteriza por las formas oscilantes en que estos dos
niveles se influencian entre sí, predominando, en general, el nivel político-institucional
sobre la vía político-social. Un ejemplo concreto de esta oscilación
fue el Primer Congreso Nacional Piquetero: esta convocatoria fue cursada a diversas
organizaciones con el objetivo unificador de un plan de lucha. Pero, y al mismo
tiempo, esta forma de pensar la unidad iba acompañada por una pretensión
de institucionalización del movimiento piquetero: se trataba de ponerle
un nombre definitivo, mostrar quiénes son sus dirigentes, etc. Lo más
importante, entonces, para los convocantes al congreso, era eso: constituir
un movimiento "uno", mostrable, presentable ante los medios, ante
el gobierno, ante los sindicatos, etc. En otras palabras: lo que hicieron la
CTA, la CCC, y el PO fue constituirse ellos mismos como la representación
de un movimiento que no tenía hasta el momento representantes establecidos.
Construyeron un "nuevo actor político" capaz de actuar en la
coyuntura.
Pero así como el análisis de la CTA/FTV nos sirve para entender
toda una forma de pensar y de trabajar -es decir: una política-, tomamos
ahora un ejemplo de otra forma de pensar y trabajar: los MTD de la zona sur,
organizados en la coordinadora Aníbal Verón y, particularmente,
la experiencia del MTD de Solano. [3]
6- De la multiplicidad a la multiplicidad
La experiencia del MTD-Solano tiene su singularidad. Sus fundadores trabajaban
en la capilla de esa zona, hasta que fueron desalojados por el Obispo Novak.
Luego comenzaron a organizar el MTD Teresa Rodriguez, en colaboración
con sus pares de Varela. Con el paso del tiempo comenzaron a administrar sus
propios proyectos (Planes Trabajar). Y muy pronto fundaron comisiones y talleres,
de formación política, de panadería, de herrería,
una farmacia para el movimiento, etc.
Sus cortes de rutas fueron rápidamente advertidos por varias características:
la representatividad social en los barrios en los que trabajan, la movilización
y las capuchas que utilizan los compañeros que hacen la seguridad en
piquetes.
El MTD-Solano participó del Primer Congreso Nacional de Piqueteros. Lo
hicieron convencidos de la importancia de la coordinación nacional de
la lucha y de la necesidad de no aislarse frente al aparato represivo. Hay que
recordar que habían salido a cortar los accesos a la capital de todo
el sur en solidaridad con los compañeros de Mosconi, mientras la gendarmería
reprimía en Salta. Sin embargo, fueron al Congreso sin desmedido entusiasmo,
a partir de conocer las diferencias de enfoques que existen con las fuerza convocantes
(CTA/FTV, CCC y PO).
Se entusiasmaron con la fuerza que en el Congreso tuvieron los delegados del
interior del país y en general con el clima combativo del Congreso. Durante
la primer jornada de lucha, sin embargo, observaron como las fuerzas mayoritarias
se "abrían" frente a la toma del banco por parte del MTR de
Varela y cómo ellos mismos eran "advertidos", por los voceros
del Movimiento, por el uso de sus tradicionales capuchas.
Durante la segunda jornada decidieron directamente no participar de la movilización
a Plaza de Mayo, y fueron a La Plata a reclamar libertad a los presos del MTR.
Durante la tercer jornada directamente se quedaron en sus barrios resistiendo
las auditorías del gobierno. Finalmente decidieron no asistir al Segundo
Congreso piquetero, realizado el 4 de septiembre.
En sus asambleas, los compañeros valoran sus propias fuerzas a partir
de los efectos sobre los barrios en los que trabajan: los cambios concretos
en la sociabilad. Para ello, desconocen las movidas que priorizan objetivos
superestructurales, que se reducen a un posicionamiento en la coyuntura. Lo
central para ellos es fortalecer cada taller, cada comisión, cada trabajo,
cada actividad y, a partir de esta forma de trabajar, desarrollar lazos concretos
de contrapoder, a partir de coordinadoras, talleres, etc.
No se trata de un "localismo" o una falta de visión de lo que
pasa en el país, o en el mundo: cuando la represión en Salta salieron
a la calle de inmediato. Y lo hicieron en gran cantidad, con un espíritu
combativo como no se recordaba en décadas.
También participaron del Primer Congreso Nacional de Piqueteros y del
comienzo del plan de lucha allí acordado. No se trata, en fin, de un
aislacionismo inútil sino de una organización diferente del pensamiento.
En vez de partir de la aceptación de una realidad-ya-dada -la que vemos
por la televisión o leemos por los diarios-, como punto de partida de
las propias acciones, la asamblea trabaja a partir de substraerse de esa totalidad
virtual para crear sus propias condición de partida: la producción
de una temporalidad y una espacialidad autónomas, que rechazan los tiempos
de la coyuntura como única realidad "seria". Esta temporalidad
propia no es, a la vez, un puro capricho, sino un "poner entre paréntesis"
el predominio de los "hechos de la globalidad" para concentrarse en
la producción de los lazos concretos del contrapoder.
Más que de una negación, se trata de una afirmación, que
les permite reapropiarse de la realidad, pero ya no abstractamente, sino a partir
del propio ejercicio de la potencia, y de la difusión del contrapoder.
Esto puede verse claramente en la relación que los MTD tienen con el
Estado: no existe contradicción alguna, desde su perspectiva, entre administrar
planes sociales otorgados por el gobierno y desarrollar una construcción
de contrapoder.
De hecho, los planes que consiguen van siendo distribuido a partir de criterios
prácticos de difusión de una sociabilidad diferente a la del individualismo
predominante.Por otra parte, la construcción de proyectos, por parte
delMTD, se sostienen con criterios fuertemente autónomos. Poco a poco
se pretende crear una economía alternativa capaz, incluso, de soportar
un embate del mismo gobierno.
Respecto de su propia ubicación en la coyuntura, ya no la piensan en
los términos clásicos de "reformiso" o "revolución".
Simplemente saben que la táctica de la toma del poder no se corresponde
con su forma de pensar y de trabajar. Y que si tuvieran que subordinar todo
lo que están construyendo a esta táctica de "toma del poder
del estado", más bien, quedarían condenados a un pensamiento
-empobrecido- de la maniobra y el atajo, lo cual implica un desconocimiento
del riquísimo proceso de construcción de contrapoder en el que
están inmersos.
El Estado, finalmente, no es más que una representación de lo
que pasa por abajo, en la sociedad argentina: esta última es el verdadero
campo de batalla.
Esto no implica en lo más mínimo una ingenuidad respecto de las
funciones represivas del Estado. El movimiento es doble: pretenden constituirse
autónomamente respecto de la legalidad del gobierno y, a la vez, se relacionan
con esta misma legalidad en función de la construcción de un contrapoder
situacional, que no pierde de vista en ningún momento la autodefensa.
La permanente búsqueda de cómo no quedar aislados frente a la
represión es otra forma en que los grupos situacionales dan cuenta de
la coyuntura: siempre en función de sus propias necesidades y circunstancias.
La utilización de los fondos sociales obtenidos por la lucha piquetera,
como vimos, nos muestran la complejidad de esta forma de trabajar: contribuyen
a estructurar la experiencia, sin perder de vista la posibilidad de independizarse,
a la vez, de estos fondos. Otro aspecto interesante de su forma de trabajar
es el desarrollo de coordinaciones (como la coordinadora Aníbal Verón).
Son encuentros en que no se disuelven los movimientos territoriales sino que
potencian recursos, saberes y capacidad de movilización.
No hay, en fin, renuncia a la coyuntura sino todo lo contrario: trabajan en
términos situacionales, sin desconocer la existencia de una coyuntura
que se verá modificada por la acción situacional. Porque toda
acción coordinada se transforma de hecho en una tendencia en la coyuntura.
Lo paradojal es que esta tendencia será tanto más potente cuanto
más situacionales sean los movimientos que la componen.
7- La representación
Ni bien el movimiento social se activa, apenas se hace visible hasta que punto
ha abandonado su dispersión extrema, aparecen, casi inmediatamente, los
militantes políticos que afirman que hay que construir "otro poder".
Se piensa así que hay que "pegar el salto a la política",
y "construir una superestructura política" a las luchas sociales.
Esta idea de lo político como lo "serio", tiende a olvidar
hasta que punto lo más potente de la política pasa por acompañar
la lucha misma, atentos a cuanto hay de creativo en ellas. La política
"seria" exige hacer de lo múltiple algo uno. Porque para ser
representable lo "uno" debe constituirse como tal: debe acotarse.
Si bien la multiplicidad es vista como una potencialidad, se la considera una
potencialidad a controlar. La pregunta inmediata del pensamiento político
dominante frente a ella es: ¿Cómo lograr que esta potencia sea
determinante en la situación total, global? ¿Cómo transformar
esta potencia en una fuerza "política-social" capaz de influir
en la situación nacional?
Estas preguntas, aparentemente naturales, abren el camino de la política
tradicional. La multiplicidad debe volverse unidad representable. Los dirigentes
del movimiento ingresan al mundo de la política de la mano del movimiento
social. Sus decisiones están cada vez más mediadas por la complejidad
de la coyuntura, de sus aspiraciones y de las necesidades de sostener su capacidad
de acumulación y consenso.
Este movimiento arroja un doble resultado. De un lado se apuesta a fortalecer
la capacidad del movimiento de lograr éxitos concretos, referidos a sus
reivindicaciones comunes, frente al gobierno nacional. En este sentido, los
dirigentes del movimiento han tenido un primer éxito resonante: se han
constituido en actores relevantes de la coyuntura, y en interlocutores del Gobierno
Nacional. Pero, del otro lado, esta operación por la que se ubica a un
puñado de dirigentes como líderes [4], debilita al movimiento
piquetero mismo: se reprime hacia adentro la multiplicidad original, se le da
un poder a estos dirigentes de disciplinar hacia el interior del movimiento,
de discernir quien sí es piquetero y quien no, cual es la forma correcta
de actuar y cual no, etc.
Así conformado el movimiento, se realiza la transformación del
fenómeno piquetero de una multiplicidad inicial en un "actor de
la coyuntura". La capacidad del movimiento dependerá ahora, entre
otras cosas, de "contener" en su interior la acción de los
piqueteros de acuerdo a los objetivos que los representantes (devenidos "dirigentes")
vayan fijando. Esos objetivos, a su vez, pertenecen al orden de la acción
superestructural, democrática, consensual y reivindicativa.
Los medios de comunicación funcionan, al respecto, como un ámbito
legitimador de esta conversión del vocero/delegado en dirigente/representante
frente el conjunto de la sociedad. Incluso los medios suelen "producir",
ellos mismos, referentes de las luchas [5], independientemente de los procesos
mismos de la base. Esto es lo propio de la Sociedad del Espectáculo.
Así se convierte a los dirigentes sociales en "vedettes mediáticas",
sobredimencionando la palabra del representante (incluso cuando se trata de
opiniones que nada tienen que ver con la lucha que representan). Se identifica
la personalidad del movimiento con la de sus dirigentes y se los invita a preocuparse
por cosas tales como la medición de raiting y la medición de imagen
en las encuestas. La importancia política de esta modalidad suele subestimarse.
Pues lo que sucede cuando se conforma esta unidad representable, cuando los
piqueteros toman la imagen de D'Elía, es que D'Elia deja de ser un portavoz,
un rostro entre rostros, para pasar a actuar en nombre de una "voluntad
general piquetera" que él interpreta. Y esto sucede independientemente
de quién sea el representante.
El problema de la representación es que despotencia a lo representado.
Divide en dos: lo representado y lo representante. Lo representante convoca
al orden a lo representado, para poder ejercer su oficio. Lo representado, si
es dócil, si no quiere hacer fracasar la relación, deberá
"dejarse representar". De esta manera, el representante administra
la relación. Es la parte activa. Él sabe cuando conviene la movilización
y cuando es mejor quedarse tranquilo. El representante tiende a expropiarle
la soberanía al representado. Olvida el mandato. El mandato comienza
a molestarle. Se vuelve un obstáculo a su astucia.
Después de todo (siente el representante), él es quien tiene que
obrar en un lugar que el representado no conoce: el poder. El representante
tiene una visión del poder. Participa de un nivel de "la realidad",
el del "poder" mismo, al que no acceden sus representados. Va conociendo,
aprendiendo. Se convierte en el maestro de los representados. Les explica lo
que se puede hacer y lo que no. Adquiere habilidades particulares y comienza
a lograr adhesión de los representados a sus propios puntos de vista.
El representante se vuelve capaz de construir su propio mandato, teniendo en
cuenta a su vez, que este mandato debe interpretar, también, a sus representados:
su base.
Cuando esto sucede -demasiadas veces- la lucha pierde potencia y radicalidad.
El representante se torna "racional", pero con una racionalidad incomprensible
para la experiencia de lucha. Y es que su pensamiento ya no se construye colectivamente.
Los representados ya no piensan con él. La asamblea deja de ser órganos
de pensamiento para pasar a ser lugares de la legitimación y reproducción
de las relaciones de representación.
Se hace, por tanto, indispensable, pensar la relación entre lo representante
y lo representado. Precisamente porque es muy común que se deleguen las
funciones de representante, de delegado, con un mandato preciso y a la vez,
la función de conducción del proceso, todo en una misma persona.
Desde el representante, a la vez, esta delegación de funciones se le
vuelve indispensable, ya que muchas no ve otra manera de llevar adelante "la
política mejor para todos" sin estas atribuciones. Para los representados,
a su vez, puede serles más fácil des-responsabilizarse ubicándose
como "órgano evaluador". Así, su propio rol queda reducido
a aprobar, rechazar y/o buscar a "la persona más apta" para
conducir la experiencia a buen destino. El representante construye, así,
un dispositivo de control sobre la asamblea. Esta se vuelve un lugar plesbicitario.
Se votan opciones, pero estas vienen ya presentadas de antemano.
Todo esto no quiere decir que la representación sea evitable, ni que
la representación necesariamente se separe como un elemento dominante.
El delegado con mandato, revocable, rotativo, que piensa en y con la asamblea,
no tiene por qué separarse del conjunto. O en todo caso, si se separa
no pone en peligro la organización, puesto que nada se ha delegado en
él, sino un mandato puntual.
Los representantes son compañeros que cumplen una función en situación,
construyendo lazos, pensando con los compañeros, colaborando a desarrollar
la potencia. Fuera de esa situación concreta no tienen ningún
interés para la lucha. Su valor, como el de cualquier compañero,
está en la experiencia que desarrolla en la cotidianeidad del movimiento
al cual pertenece.
La clave de esta cuestión es evitar que la representación se independice,
cosa que sucede cuando se piensa en los términos del poder, cuando uno
se separa de la situación de pensamiento concreto, de la experiencia
que le da origen.
Hemos visto cómo un pensamiento que pone en el centro a la coyuntura
determina una forma de la representación. Sólo cuando esta operación
es realizada con éxito se abren las condiciones para la negociación,
para la inclusión de los piqueteros al diálogo democrático,
a la presión, a la maniobra, en fin, al juego consensual, al sistema
político. Por eso, ahora nos interesa mostrar cómo estos dos problemas
están íntimamente relacionados a una política de la Integración.
8- La inclusión de los excluidos… como excluidos
Para que la lógica de pensamiento de la representación sea posible
es preciso que previamente se pueda reconocer una propiedad en los representados,
una determinación común a partir de la que se pueda hablar de
ellos (y en nombre de ellos) en forma reconocible, es decir, legítima.
Así, la interlocución, el diálogo construido por el representante
precisa, como condición, la pre-existencia de ese "algo" que
construya un conjunto social definido: los trabajadores, los desocupados, los
estudiantes, los excluidos o lo que sea.
Se trata de un problema delicado: el de la identidad. La identidad se puede
construir de dos formas muy diferentes. Bien puede deducirse de una propiedad
del conjunto existente, como se construye una categoría más o
menos sociológica (como la de desocupado); o bien se puede crear un conjunto
nuevo, no deducible de ninguna propiedad precia. Es lo que sucede con las identidades
de los rebeldes sociales, de los insurrectos.
En el primer caso las formas de la representación agobia al representado.
La inscripción dentro de categorías sociológicas condena
al categorizado, al etiquetado, a "representar" (como en una obra
de teatro) el papel que esa categoría, que tal rol, le otorga. ¿Cómo
ser realmente un desocupado, un excluido, un pobre, un piquetero?
Se pierde la multiplicidad concreta de la experiencia, que se pretende captar.
Se reduce lo real y lo concreto, lo vivo, a una abstracción, a un rol.
El movimiento, en lugar de crearlo todo, debe adecuarse a una imagen que lo
preexiste: un desocupado, así concebido, es alguien que busca y desea,
antes que nada, empleo. Quiere trabajar, no cuestionar las relaciones laborales.
Le falta algo para estar plenamente incluido. Es un sujeto de la carencia. Protesta
porque no está incluido.
¿Qué pasa con el piquetero, así pensando?. Puede nombrar
a quienes, necesitados, recurren desesperadamente a hacer lo único que
pueden hacer para sobrevivir. Proletarios, desocupados, piqueteros son, así,
formas de nombrar a los que menos tienen, a los carenciados y a los que por
no-tener, "hacen lo que hacen".
Los piqueteros, según esta lógica de la identidad, está
impedido de constituirse a sí mismo somo un sujeto crítico del
sistema, una representación de la insubordinación. Como identidad,
como categoría sociológica, no se hace sino fijar a alguien (en
principio múltiple) en una actitud única construida a partir de
una "falta". Se identifica a partir de la carencia: "como no
tiene trabajo protesta", "como no tiene sindicato arma el suyo",
y "como no puede hacer huelgas inventa el piquete". Este piquetero
"pide por lo suyo". Se produce así, la figura del excluido.
Lo que habitualmente no se ve es que el excluido no es realmente un excluido
sino a partir de la promoción de una figura que nuestra sociedad produce,
a partir de un conjunto complejo de mecanismos, para poder incluir a quien queda
en situación de marginación. Así, el excluido es el nombre
del incluido como excluido. [6]
El pensamiento político dominante trabaja a partir de las ideas de "excluido
e incluido". Los excluidos son la base de la constitución de un
cuerpo social que, en tanto sujeto de "necesidades" (económicas,
educacionales, médicas, etc.), demanda sus derechos, es decir: inclusión.
Estas políticas de inclusión llegan a desestabilizar la situación
política bajo el siguiente supuesto: se pide inclusión justo en
momentos en que la inclusión no se supone posible. Pedir inclusión
-económica, política, social-, se dice, es pedir lo imposible,
al menos para este sistema neoliberal. De esta manera se realiza una operación
sutil: se liga una política de transformación radical a una acción
que no desentona con los principios de la política oficial. Por eso la
base de legitimidad de esta acción es creciente. Pero lo que estas operaciones
logran, a menudo, es producir la figura del excluido como forma capitalista
de la inclusión del "pobre". De aquí la tensión
y la ambigüedad de estas políticas.
Los riesgos concretos de las políticas que piensan en términos
de inclusión son: por un lado la pérdida de potencia y radicalidad
del movimiento, y por otro la construcción de una inclusión subordinada
de los excluidos como sujetos de la necesidad. Esto mas allá de si la
motivación honesta de sus dirigentes es la de producir un cambio político
por la vía de la crisis del sistema.
El movimiento de la CTA (y de la organización de D'Elía) es siempre
el mismo: precisamente esta inclusión de los excluidos, como excluidos.
La demostración de que en medio del caos y el conflicto el poder tiene
con quien negociar, tiene con quien hablar "racionalmente".
Como dice un compañero: siempre habrá alguien dispuesto a hacer
las cosas sin pisar el césped.
Finalmente, las políticas pensadas en términos de representación
someten su efectividad a todo un campo de reconocimiento exterior a la propia
acción de sus protagonistas. Sea una huelga o un corte, esta acción
será leída por el resto de los actores de la coyuntura. La importancia
de la acción dependerá, entonces, de cómo sea evaluada
por el resto de los actores políticos y no por sus propios efectos constituyentes
en el movimiento de resistencia.
9- De la multiplicidad al contrapoder
Pero al movimiento piquetero se lo puede pensar también desde su potencia
concreta. El movimiento es, desde este punto de vista, una multiplicidad creativa
y resistente, que se va identificando a partir de la profundidad de una lucha
en común, más que a partir de un líder único, de
una estructura, o de una única forma de lucha. Los piqueteros no son
un movimiento tradicional. No necesitan líderes únicos, ni un
nombre oficial, ni estructuras orgánicas, ni programa de gobierno: han
crecido y se han desarrollado sin estos elementos. El movimiento es múltiple.
No desorganizado, sino múltiple, que no es lo mismo.
Confrontar el par organización/desorganización es una trampa.
Cuando un compañero dice que un movimiento está desorganizado,
y por tanto debe organizarse, hay que pensar bien qué es lo que está
diciendo. La multiplicidad es un arma muy potente. Es la fuerza del pueblo.
La organización debe poder respetar la multiplicidad sobre la que se
funda el movimiento. Debe ser, entonces, situacional, zonal. La organización
puede también ser nacional, como coordinadora. Pero cuando se quiere
organizar una estructura nacional hay que tener mucho cuidado: porque las ventajas
de una estructura nacional no pueden pagarse con el precio de la unificación
y homogeneización de esa riqueza que es la multiplicidad del movimiento.
El objetivo de un movimiento así nunca es la inclusión. No se
trata ya de "volver a entrar", porque se sabe que no hay "adentro"
que no sea subordinación. Que la "inclusión" y la "exclusión"
no son dos categorías válidas para el pensamiento liberador. Nadie
está incluido sino imaginariamente. Porque la norma de inclusión
es impuesta por la ideología del poder, y deja afuera a los pobres, a
los negros, a los homosexuales, a los inválidos: a todos los que no coincidan
con la imagen del hombre productivo, eficaz, individualista, en plena competencia,
etc.
Pensar en otros términos que los de inclusión y exclusión
es destruir esta barrera. Porque el que se asume como excluido ya está
incluido. Ya tiene un lugar en los estudios sociológicos, en el discurso
del poder, en los archivos del ministerio de acción social, en los planes
de los grupos políticos o de las ONG. Los piqueteros, entonces, más
que ser excluidos, pobres o proletarios, extraen su potencia, su dignidad y
su orgullo a partir de ser insurrectos, insubordinados, resistentes, creadores.
10- Pensar la radicalidad de la lucha
Decía el subcomandante Marcos [Entrevista al líder zapatista,
a propósito de su llegada al DF, en la Caravana con que recorrieron medio
país los representantes del EZLN, publicada en la Revista Proceso: marzo
2001.] que el revolucionario lucha por el poder con una idea de la futura sociedad
en su cabeza. Mientras que el rebelde social (es decir, el zapatista) es quien
alimenta diariamente la rebelión en sus propias circunstancias, desde
abajo, y sin sostener que el poder es el destino natural de los dirigentes rebeldes.
Es esto lo que decíamos más arriba: que hoy la diferencia principal
entre quienes resisten la dominación capitalista no es entre "derechas
e izquierdas", o entre "reformistas y revolucionarios", sino
entre quienes aceptan subordinar su propia lucha a la falsa totalidad compleja
de las coyunturas (sean reformistas o revolucionarios) y quienes se resisten
a esta subordinación (rebeldes sociales).
Es interesante que Marcos saque del centro, de esta forma, la célebre
dicotomía Reforma/Revolución. Desde nuestro punto de vista esta
distinción carece de toda actualidad, ya que estas opciones comparten
en los hechos los supuestos fundamentales: la misma idea del poder y de la política.
Ambos apuestan a la representación de los individuos de las necesidades,
creen que se puede cambiar la sociedad desde arriba, y creen, con ciega fe,
en cada atajo posible que se les abre a sus pies, condenando una y otra vez
las resistencias concretas a seguir los planes que imaginan desde sus estados
mayores. En definitiva, se trata de formas de pensamiento y de políticas
que postergan una y otra vez la potencia de las luchas populares.
Si la política de la representación piensa en términos
de la coyuntura, la alternativa -pensar en términos de radicalidad-,
consiste en afirmar la situación concreta, es decir, poner entre paréntesis
la "globalidad". No se trata de negar las coyunturas, sino de pensar
en términos tales que las coyunturas sean elementos a tener en cuenta,
pero que no determinen nuestras decisiones.
Esta capacidad es lo que los grupos radicales llaman autonomía: pensar
con cabeza propia, y en función de la situación propia. Saber
desoír los tiempos y las necesidades de "los actores de las coyunturas".
No se trata tampoco de negar las relaciones de representatividad, sino de no
darles la importancia que tienen en la democracia capitalista.
Pensar en términos de acciones concretas de compañeros concretos:
eso es radicalidad pura, anticapitalismo práctico y efectivo. No delegar,
no crear "jetones" ni organizaciones para, en el orden de las superestructuras,
pensar y actuar: eso es no-capitalismo concreto. La radicalidad es el trabajo
en la base (sabiendo que no hay otra cosa que la base, que no hay nada arriba
de ella), es el pensar en función de la propia experiencia de lucha,
la capacidad de transformar en situación las relaciones sociales. Esta
opción implica también una investigación sobre la organización,
sobre la búsqueda de una economía alternativa, sobre la relación
con la gestión estatal, y sobre todos y cada uno de los problemas de
las experiencias a través de verdaderos talleres, publicaciones y mesas
del contrapoder.
Este marco es, además, el único en el que el importante y particular
tema de la violencia puede ser entendido en su dimensión real. Se suele
oir que los piquetes son violentos. Al respecto, no está demás
recordar que la violencia no ha sido pensada, en los piquetes, desde la perspectiva
de la lucha por el poder, ni desde la primacía de la estrategia coyuntural,
ni de una organización centralizada; sino más bien se trata de
un elemento mas del contrapoder, una asunción del nivel de violencia
impuesta desde el poder, como una práctica descentralizada, y como forma
legítima de la autodefensa.
Este es también un elemento de la investigación militante a desarrollar,
un aspecto a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre la identidad, y
la forma de desplegar los lazos del contrapoder.
11- La identidad como creación política
Hemos visto como dos formas de pensar tienen derivaciones políticas distintas.
Porque no hay prácticas sin pensamiento. Siempre el pensamiento se materializa
en las prácticas, a punto tal de no poder hacer, en la idea de praxis,
ninguna diferencia entre pensamiento y práctica.
En la primera política se realza la estructura existente en la sociedad,
tal como queda representada desde el análisis de coyuntura y el discurso
del poder. Las identidades de trabajador, desocupado, pobre, surgen mecánicamente
de la estructura social, productiva o distributiva, y se sujeta a cada trabajador
con su calidad de trabajador, y a cada desocupado se le recuerda que él
es un "sin-trabajo". La multiplicidad se pierde. Y con ella la fuerza
que tienen las identidades de lucha. Como decíamos más arriba
no es esta la única forma de pensar las cosas, aún si es la dominante,
y por tanto, la que aparece como la natural.
De hecho, las identidades que se van construyendo en lucha operan precisamente
en forma inversa: en vez de expresar en la coyuntura a quienes forman parte
del mismo casillero en la estructura social, lo que hacen es desestructurar
la estructura misma. Los proletarios de Marx y los piqueteros de hoy, los zapatistas
de México y los sin tierra de Brasil se resisten a las etiquetas y las
sindicalizaciones, precisamente porque son nombres que identifican las fuerzas
de la descalificación, de la desestructuración, de no aceptar
su lugar en el sistema, ni el sistema mismo.
Así, la identidad de los insubordinados implica siempre una recreación,
una resignificación. Los trabajadores luchan normalmente -y con toda
justicia- por más salario, o se oponen a que se lo recorten. Pero los
"trabajadores" como categoría política son quienes luchan
contra la relación salarial. Los desocupados luchan por ocupación,
por trabajo, por ingresar en la estructura productiva. Cuando esto no sucede,
entonces luchan por un subsidio. Pero los "desocupados", como identidad
política, luchan contra la sociedad del trabajo enajenado, del individualismo
y la competencia.
La identidad del movimiento piquetero, que está en plena construcción,
es insubordinación, construcción de nuevos lazos sociales, contrapoder.
La identidad del piquetero como insubordinado, o rebelde social, sin embargo,
es frágil. Ella vive en el pensamiento, en la investigación, en
la producción de los nuevos saberes políticos del contrapoder,
y en el pueblo que lucha, resiste y crea. Allí no sólo radica
su garantía, sino también su formidable potencialidad.
Septiembre del 2001. Hasta siempre...
Una publicación del colectivo Situaciones
[1] Aspecto especialmente inquietante si se tiene en cuenta que parte de la
diversidad del movimiento piquetero consiste, precisamente, en las múltiples
formas en que cada movimiento asume la lucha: hay quienes lo hacen a cara desnuda,
y quienes lo hacen con capuchas tipo zapatistas, o pañuelos celestes
y blancos que cubren los rostros de los militantes. Lo mismo sucede con la directiva
de "no cortar puentes" y "dejar alternativas de circulación"
en los cortes de rutas.
[2] Como dice Luis Mattini en La Política como Subversión, "la
potencia se sustenta en la subjetividad de la libertad, el poder se apoya en
la objetividad de la necesidad".
[3] Para una mayor profundidad ver el número 4 de Situaciones, actualmente
en preparación.
[4] El surgimiento de D'Elía como líder/representante de las luchas
de La Matanza se debe a una serie de factores: en primer lugar a una base social
consolidada sobre todo en el movimiento de tomas de tierra en la Matanza, también
el contar con una estructura como la FTV enmarcada en una estrategia de consolidación
territorial de la CTA, y una formación política clásica
para desarrollar y consolidar la institucionalización política
del movimiento social, que influyó en acelerar la formalización
del movimiento piquetero. Intenta captar al conjunto del movimiento y situarse
como su representante máximo. El líder piquetero actúa
así en consecuencia con la lógica del poder. Y pone en acción
la dinámica del representante/representado, como dos cosas separadas
y con distintas necesidades. El hecho de que el Movimiento de La Matanza no
haya logrado impedir la autonomización del liderazgo de Luis D'elía
es un serio motivo de reflexión.
[5] Ver al respecto el interesantísimo ensayo de Florence Aubenas y Miguel
Benasayag: La fabricación de la información, Ed. Colihue, 2001.
[6] Esta idea fue tomada del pensador italiano contemporáneo Giorgio
Agamben, quien la propone a partir de sus estudios sobre la naturaleza de la
dominación nazi y su relación con la soberanía moderna.